Monday, April 23, 2007

4. BRUNO TRENTIN


No es la primera vez que me toca evocar la figura de Giuseppe Di Vittorio y su papel en 1956, un año que representa una encrucijada en la historia del movimiento obrero internacional. Pero hablar hoy, de manera no ritual ni meramente conmemorativa, significa para mí reabrir una reflexión crítica a campo abierto sobre la situación del Partido Comunista Italiano y la izquierda italiana en la posguerra.

En esta ocasión me limito sólo a señalar esta exigencia que vengo planteando desde hace mucho tiempo. Pues no creo irme por la tangente si me pregunto hasta qué punto la izquierda italiana haya metabolizado realmente la crisis de una vieja cultura política y de sus frutos más envenenados. Que son: su fatal subalternidad corporativa a las luchas sociales, la primacía del partido y la imposibilidad del sindicato para expresarse como sujeto político.

La pregunta está justificada si echamos un vistazo a los atormentados acontecimientos de los últimos quince años. Pienso en la sobrecarga de disputas abstractas que han estresado la discusión sobre la forma y el nombre del partido: del trabajo o socialista, reformista o democrático. Y en las dificultades que hemos encontrado para construir un nuevo sujeto unitario con la idea de contribuir a la definición de una formación federalista de las fuerzas progresistas en Italia y Europa.
Pienso en cómo hemos vivido lo que llamo la “fatiga del proyecto”, visto frecuentemente como una especie de “carga impropia” y pesada sobre una política identificada con la primacía de los partidos y el arte de gobernar.

A decir verdad, nadie niega la necesidad del proyecto. Son sus eventuales objetivos vinculantes lo que fastidia a los que conciben la “autonomía de la política” como la prerrogativa exclusiva de una clase dirigente que decide pragmáticamente sobre la base de los humores dominantes de la sociedad civil. Pienso, claro está, en el embarazo que persiste en las comparaciones con un pasado que no se quería remover ni cancelar. Sino revisitado y superado laicamente, al menos antes de dedicarse con frenesí a los cambios de nombre. Y antes de que se aflojaran los ligámenes con aquel mundo del trabajo subordinado que siempre fue la razón de ser fundamental de cualquier fuerza de izquierda. Un mundo en incesante y radical transformación, ciertamente, pero no en la dirección de explotar como lo hizo el comunismo soviético.

Esta es la razón que hoy me lleva a recordar a Di Vittorio. Porque con su concepción de la autonomía del sindicato –del sindicato como sujeto político-- supo indicar una perspectiva reformadora donde estaban unidas la propuesta y la iniciativa de masas con un nexo inseparable; un nexo capaz de examinar la validez y la coherencia de cada iniciativa política en un proceso democrático que evita las insidias del transformismo, del liderismo y del consenso pasivo con “los jefes”. La autocrítica que siguió a la derrota de la FIOM en la Fiat, en 1955, es un testimonio límpido. “”Aunque el patrón tenga el 99 por ciento de la culpa, existe un 1 por ciento que nos interpela, y sobre eso quiero trabajar”, dijo di Vittorio a la Ejecutiva de la Cgil. Y aquel 1 por ciento no era poca cosa. Se trataba de reapropiarse de los problemas de la condición obrera, incluso mediante nuevas formas de democracia y representación sindical.

Esta línea se impuso después de un áspero encontronazo con el conjunto del grupo dirigente de la CGIL y tuvo su más dura oposición en Lombardía, en algunas zonas del Mezzogiorno y en la FIOM nacional (la Federación sindical de los metalúrgicos) en cuya dirección entrarían después Agostino Novella y Vittorio Foa. Esta orientación se impuso a pesar de la hostilidad del ejecutivo del PCI que desconfiaba de un giro que no iba en consonancia con su posición oficial. La posición oficial del partido atribuía la derrota a la ofensiva patronal y a las debilidades de las estructuras políticas y sindicales de Turín.


1956

El desacuerdo entre Di Vittorio y Togliatti explota en toda su crudeza con los “hechos de Budapest” (como púdicamente todavía se les sigue llamando) del año 1956. Sobre aquello se han vertido ríos de tinta. Incluso yo mismo intente dar algún testimonio directo en un escrito que, junto a Adriano Guerra, se publicó hace ya algunos años[1].

Retorno sobre algunos pasajes. 1) La posición crítica que fijó la Cgil en torno a los “hechos de Poznan” cuando los trabajadores polacos en huelga sufrieron una brutal represión policial, en junio de 1956. Fue la espectacular primera prueba de la fractura entre poder y sociedad que se abrió en el “socialismo realmente existente”. El PCI y la izquierda europea callaron. La Federación sindical mundial (FSM) intentó aislar a la Cgil de los sindicatos paraestatales de los países del bloque soviético. Solamente el sindicato polaco agradeció a Di Vittorio y a la CGIL las razones de la defensa de la protesta obrera. 2) La firme condena (compartida por Di Vittorio y Fernando Santi) de la intervención armada por los soviéticos en la capital húngara: “”La Secretaría de la Cgil, ante la trágica situación de Hungría <....> reafirma, en estos luctuosos sucesos, la condena histórica y definitiva de los métodos antidemocráticos del gobierno y de la dirección política que se concretan en el divorcio entre los dirigentes y las masas populares””; este es el documento del 26 de Octubre de 1956.

El ataque a Di Vittorio, desde la dirección del partido, tuvo características de agresión facciosa, particularmente por parte de Giorgio Amendola, Gian Carlo Pajetta, Paolo Bufalini y Mario Alicata. Solamente Luigi Longo se distinguió por su voluntad de diálogo. De ahí que la figura de Longo deba ser profundamente reconsiderada contra muchas caricaturas que se le han hecho. Pienso en su análisis lúcida y respetuosa de la experiencia de la herencia togliattiana, no ignorando sus límites y contradicciones; en los primeros contactos con el Spd de Willy Brandt, a través de Giorgio Napolitano; en la apertura de un diálogo con las fuerzas de izquierda que combatían el estalinismo: Longo nos autorizó a Rosario Villari y a mí a participar en el Seminario Internacional de Venecia sobre la oposición en los países del Este, en 1977, que Armando Cossutta calificó como antisoviética.

Retomo el hilo del discurso: el ataque a la Cgil (que se desarrolló en todas las organizaciones del Pci) llegó a su punto culminante con una carta de Togliatti al Comité central del Partido soviético informándoles que en el Pci había “grupos” que sostenían la insurrección de Budapest. La carta añadía que tales grupos exigían la substitución de toda la dirección del Pci y con Di Vittorio como secretario general. Esta denuncia de carácter dilatorio (nadie había propuesto la candidatura de Di Vittorio, ni Di Vittorio lo habría avalado, cosa que sabía perfectamente Togliatti) se orientaba a deslegitimar al líder de la Cgil ante los soviéticos y, a través de ellos, en la FSM.

El 5 de Noviembre de 1956, Di Vittorio, en un discurso, orientado a rebajar el conflicto con Togliatti, mantiene la validez de la posición de la secretaría confederal sobre los hechos de Hungría. Y reafirma la naturaleza autónoma y unitaria de la Cgil –en unos momentos en que se perfilaba una ruptura de las relaciones entre comunistas y socialistas-- y mantiene su derecho a expresarse, en igualdad con los partidos, sobre la tragedia que tenía encima el movimiento comunista.

Habrá que esperar algunas décadas para que el PCI admitiera que aquello fue una tragedia: primero con una entrevista de Alessandro Natta a Ugo Baduel en L’Unità (octubre de 1986) y después con la participación de Piero Fassino en los funerales simbólicos de Imre Nagy en Paris. En todo caso, la Cgil sacó todas las consecuencias. Ante todo, rompiendo con los sindicatos del régimen húngaro y después –una vez constatado que la FSM era irreformable-- escogiendo el camino de la autonomía. Un camino que conducirá a la apertura de relaciones con los exponentes de la oposición en diversos países de la órbita soviética hasta el apoyo abierto que dio a Solidarnosc –un movimiento discutible y complejo-- antes del golpe de estado del general Jaruzelski.

Ahora bien, la ruptura con lo anterior que hizo la Cgil no fue un rayo en un día sereno. Aquello maduró tras un largo proceso de incubación, acompañado por una serie de nuevos acontecimientos: las luchas por el Piano del Lavoro; el programa de reformas que se elaboró con un vivo diálogo con sectores importantes de la cultura económica y social italiana; el gran y articulado movimiento de masas en el campo; las huelgas a rovescio ]-->[2] para conseguir la construcción de nuevas centrales eléctricas en el Sur; el relanzamiento de la acción reivindicativa contra las formas más odiosas de explotación y limitación de la libertad sindical en el Norte; la batalla para imponer una política de reconversión de la industria militar.. En resumidas cuentas: un enorme patrimonio programático y reivindicativo que reflejaba la autonomía (incluso cultural) de la Cgil a lo largo de los años cincuenta. Una tensión proyectual y una capacidad de lucha que objetivamente cuestionaban el monopolio de los partidos de izquierda, no sólo sobre política internacional sino también sobre la económica y en el gran tema de los derechos individuales.

Todavía pienso en la clarividencia de Di Vittorio cuando lanzo el gran objetivo del Estatuto de los derechos de los trabajadores. Pienso en el debate sobre el Piano Vanoni (que se concibió como respuesta al Piano del Lavoro): otro ataque del Pci al planteamiento crítico, pero constructivo de la Cgil –Amendola lo criticó fuertemente tanto en el Comité central del partido como en el Parlamento. La posición de di Vittorio fue siempre la búsqueda de un interlocutor, más allá de la lógica de una oposición subalterna. Lo mismo sucedió durante la discusión, dura pero dialogante, con Pietro Campilli, presidente de la Cassa per il Mezzogiorno. Por no hablar de las divergencias sobre el Piano Pieraccini que tenía como inspiradores a intelectuales de la altura de Giorgio Ruffolo: aquí los diputados comunistas y socialistas que eran miembros de la Cgil se abstuvieron, siendo contrario el voto del Pci. Mientras que, en 1970, quien se abstuvo fue el Pci en el debate sobre el Estatuto de los trabajadores: una ley que impulsaron Giacomo Bradolini y Gino Giugni, que sancionaba las conquistas del “otoño caliente”.

Ahora bien, ¿cuáles son las razones de fondo, políticas y culturales que están en la base de esta relación conflictiva entre la Cgil y el Pci, entre un gran líder sindical como Di Vittorio y un gran líder político como Togliatti, protagonista de la construcción de la democracia italiana y de la inclusión en su cauce de las clases trabajadoras? Pienso que un peso notable lo tuvieron seguramente las preocupaciones de naturaleza táctica, de ahí que toda presunta “desviación colaboracionista” de la Cgil era criticada porque hacía peligrar la idea de que sin el Pci no se podía gobernar Italia. Pero el motivo esencial tiene sus raíces en un bagaje, ideológico y teórico, que viene desde los albores del movimiento socialista. Se encuentra en el corpus doctrinal de la Segunda y Tercera Internacional, que establecía una natural y rígida división de las tareas del sindicato y del partido. Entre el sindicato (brazo del movimiento social) y el partido (vanguardia de los “cultos” que interpreta los verdaderos deseos de los trabajadores, incluso cuando éstos no tienen plena consciencia: la ruda razza pagana[3] que solamente sabe pedir más salario y se cisca en la organización del trabajo en la empresa, en la vida política e institucional.

Es verdad que en el VIII Congreso del Pci se eliminó la definición del sindicato como “correa de transmisión”. Pero no se abandonó el principio de la primacía del partido en la discusión con el sindicato, visto éste (en la mejor de las hipótesis) como aprendiz de la política, casi ontológicamente inadaptado para representar un interés general. Estoy hablando de un sindicato, la Cgil, que ha sido un caso único en Europa: una confederación de ramos y de Camere del Lavoro. Son estos los dogmas que han caracterizado siempre a los partidos como organizaciones auto referenciales y que, mediante la sedicente “delegación salarial” al sindicato, les han alejado de una investigación viva y profunda de los cambios de la sociedad civil, indispensable para toda estrategia política.

Di Vittorio tiene el mérito histórico de conseguir la ruptura de las liturgias del leninismo, también gracias a una aguda percepción de la complejidad del proceso social que impulsaba objetivamente al sindicalismo confederal hacia una dimensión política: reformas de estructura, libertades y derechos del trabajo, ampliación de la representación de los parados y subempleados... Así pues, son inaceptables las vulgatas que lo relegan al círculo de los cabecillas y de los tribunos de fascinante oratoria, ignorando su estatura, política y cultural, como gran reformador, afirmándose cuando el Pci estaba todavía lejos de percibir la experiencia catastrófica del “socialismo real”. Para una renovación democrática (verdaderamente democrática) de las fuerzas socialistas, es preciso combatir esta momificación de la figura de Di Vittorio, atesorando sus lecciones. Es preciso contrastar con firmeza todas las derivas culturales que se orientan a reproponer una separación conceptual entre lucha social y la sedicente “verdadera política”.

Esta separación ha tenido, y todavía tiene implicaciones relevantes, para la misma autonomía sindical, sobre la que ha pesado (dramáticamente en ocasiones) la jerarquía política y cultural que los partidos han acostumbrado a tener sobre la conducta del sindicato. Así lo testimonia una lectura atenta de los periódicos de izquierda en los últimos tres años, porque en ellos se evidencia una vistosa separación entre las luchas sociales y las del trabajo. Este es un dato que refleja una relación entre partidos y sociedad que minusvalora los específicos y cambiantes contenidos del conflicto social, y de las implicaciones que pueden tener en la configuración de la misma forma-partido.
Se refleja en la parábola de las viejas secciones de masa, estructuras separadas del resto de la organización del partido obrero con la tarea de seguir indistintamente la acción del sindicato, la cooperación y la pequeñísima empresa. Sin, por otra parte, olvidar que la pretensión de guiar políticamente (todavía “en última instancia”) las luchas sociales, prescindiendo de sus finalidades concretas, y al margen de la fuerza y forma de representación del sindicato. Lo que ha sido utilizado como un formidable pretexto por los movimientos extraparlamentarios y grupos extremistas para deslegitimar el sindicalismo confederal, intentando meterlo en el túnel de la disgregación corporativa y de la rebeldía social.

Se refleja, finalmente, sobre una paradoja, presente en la literatura sobre la historia del movimiento obrero italiano: mientras en los países anglosajones y en Francia –donde existe todavía una robusta tradición corporativa y una relación subordinada del sindicato con la política-- la literatura sobre el movimiento obrero no conoce, por lo general, una separación entre cultura expresa de los movimientos sociales y politología de las élites. Sin embargo, en Italia, en la Italia de las cooperativas y las Camere del Lavoro, esta escisión está marcada. Y, por otra parte, tenemos una literatura sobre la historia del movimiento sindical (sobre todo de la Cgil) de altísimo nivel, tenemos una historia de los partidos que ha adoptado parámetros y espectros de análisis muy diversos que fundamentalmente han descuidado el impacto de las luchas sociales (y de sus contenidos) sobre el sistema político y la vida de las instituciones; son dos historiografías que nunca se encuentran, y reflejan una cultura dividida.

En conclusión, es preciso reconsiderar la historia de la Cgil de Di Vittorio desde 1945 hasta el día de hoy bajo un doble punto de vista: el del esfuerzo por la reconstrucción –fatigosa y contrastada-- de un sindicalismo no corporativo, no subordinado a los partidos, pero capaz de dialogar con ellos, en razón de su autonomía política y cultural; y el del esfuerzo por la plena afirmación del valor de la unidad sindical, en la consciente del objetivo que el proceso unitario pudo tener para el desarrollo de la comunidad nacional y la defensa creativa de la Constitución republicana. Esto quiere decir volver a colocar a Giuseppe Di Vittorio en el puesto que le corresponde en la historia política y social de Italia.

(www.rassegna.it 12 ottobre 2006)

Traducción y Notas de José Luis López Bulla.

Parapanda, Febrero de 2007


1]Di Vittorio e l’ombra di Stalin. Roma, Ediesse, 1997.( N. del T.)

[2]El lector interesado en esta sutil forma de conflicto social puede consultar en el goggle la expresión “sciopero a rovescio”.

.

[3]La “razza pagana” era el ideolecto que utilizaban los sindicalistas con relación a ciertos grupos de trabajadores que se mofaban del sindicalismo. y dinero en estas octavillas? Como explica el mismo Trentin era gente que no le importaba nada el sindicalismo, la democracia...






http://baticola.blogspot.com/2007/02/di-vittorio.html

Saturday, April 07, 2007

5. PIERO FASSINO SOBRE DI VITTORIO

Agradezco a Guglielmo Epifani, la Cgil, el Spi y la Fondazione Di Vittorio que me hayan invitado.

Creo que la Cgil ha hecho muy bien organizando este momento de reflexión. Porque, como resulta evidente de las intervenciones de Adriano Guerra y Bruno Trentin, el comportamiento y las posiciones de Di Vittorio ante la trágica situación del 56 son paradigmáticos de su modo de pensar el papel del sindicato y la izquierda. Se pueden comprender algunas de ellas, incluso difíciles y angustiosas, sólo si se inscriben en su historia política y humana. Y es un hecho que un dirigente, en nombre del PCI, que no vivió los hechos del 56 hiciera aquello en 1988: es significativo de hasta qué punto laceró al principal partido de la izquierda italiana y al movimiento obrero italiano en su totalidad. Aquella herida todavía no se había cicatrizado, y el grupo dirigente prefirió remover una página dolorosa y difícil, participando en unos actos que ciertamente tenían en cuenta aquella tragedia, pero sin revisar el juicio histórico y político.

La invitación nos llegó (también al Partido socialista italiano) de la Asociación de las Familias de las víctimas del 56, presidida por Miklòs Vasarhely, ex portavoz del gobierno Nagy, muerto poco antes, para participar en la conmemoración que hicieron los exiliados en el Père Lachaise. En ese cementerio está la tumba de los mártires del 56, situada significativamente a poca distancia de las tumbas históricas de la Cgt, del Partido comunista francés y de los exiliados españoles junto al muro donde fueron fusilados los miembros de la Comuna de París. En el 88, el treinta aniversario del ahorcamiento de Nagy, los exilados quisieron dar una solemnidad particular a la ceremonia.

Tras recibir la invitación lo discutimos en la secretaría. Naturalmente decidimos aceptar, incluso para realizar el acto político que todavía teníamos pendiente: ir a París y testimoniar, con nuestra presencia, la revisión del juicio sobre los hechos del 56, reconociendo el valor de la revolución democrática, del martirio de Nagy y del resto de los compañeros asesinados. Como demostración de lo que todavía era considerado doloroso, la decisión estuvo acompañada por una invitación a la prudencia, esto es, no tomar la palabra durante la celebración. Una decisión que yo no compartía. Recuerdo que, tras la reunión, volví a hablar con Occhetto, en aquel momento vicesecretario del partido.

Cuando llegué a París, los exiliados me pidieron que interviniera, subrayando el valor político de aquel gesto. Nuevamente consulté con Occhetto y decidimos que tomara la palabra. Pero, al día siguiente por la mañana, recibí un telefonazo de Pajetta que, de manera vivaz, me comunicó su desacuerdo, amenazando con ir a Budapest y hablar con Kadar para comunicarle que su interpretación de los acontecimientos húngaros no era la nuestra. Pajetta no fue a Hungría, y cuando volví reconoció que habíamos hecho lo mejor. También Natta compartió la decisión. Para testimoniar el valor que le dimos al gesto, L’Unità publicó mi intervención en primera página, junto a la de Martelli. He relatado estos episodios para demostrar todo el dolor y la complejidad de alcanzar lo que racionalmente, desde hace mucho tiempo, hubiera sido lógico reconocer y hacer.

Sin embargo, sigue abierta la cuestión de por qué en el 56 se asumió aquella posición, que llevó a Di Vittorio y tantos otros (pienso en Antonio Giolitti) a no compartir la decisión del grupo dirigente, de Togliatti, y a manifestar su propio desacuerdo, algunos de los cuales les llevó a salir del partido como Giolitti y Gianni Rocca. Para explicar aquella decisión, el grupo dirigente del PCI invocó entonces, y durante muchos años después, el escenario internacional, la guerra fría, Suez, que asumen efectivamente un valor en el plano simbólico y no sólo del cambio de relaciones de fuerza en el campo occidental entre los Estados Unidos y los países europeos. Pero no basta: hay que considerar la situación italiana. Eran los años del scelbismo. Es Trentin quien nos recuerda que los hechos de Hungría se desarrollan pocos meses después de la derrota en las elecciones a la comisión interna de la Fiat, en pleno fulgor de Valletta y del valletismo, en el periodo de los despidos, como represalia, de millares y millares de trabajadores, de sindicalistas comunistas y socialistas de la Cgil. Estamos en Italia, en unos meses ásperos por la competición, el conflicto, el encontronazo y, como telón de fondo de todo esto, la tempestad en la que está metido el PCI: el XX Congreso del PCUS. Sobre el comportamiento de Togliatti pesan muchos factores, a partir de una valoración de las relaciones de fuerza hasta la exigencia de defender su propia historia personal.

El comportamiento de Di Vittorio fue diferente, y es con Togliatti la personalidad más popular y más reconocida en el interior del movimiento obrero y sindical italiano. Gracias a una popularidad que, podemos decir, era superior a la de Togliatti, Di Vittorio tiene toda la fuerza y autoridad para explicitar posiciones que otros temían manifestar: él pudo dar voz a un trabajo, a un sufrimiento muy amplio, no sólo personal sino compartido por un amplio número de dirigentes políticos y sindicales. En este contexto surge el manifiesto de los “Centouno”, una amplia cantidad de intelectuales que manifestaron un profundo desacuerdo, muchos de los cuales no aceptarían el reclamo a la disciplina, como Di Vittorio, y saldrán del partido.

Se concreta, de ese modo, una ruptura, incluso no es visible, en la formación del grupo dirigente. Es un episodio significativo que surge algunos meses después del XX Congreso del 56: en la tardoprimavera se reúne la Conferencia nacional de Organización del partido, y Togliatti en su intervención de manera intencionada ignora el informe de Kruschef. Estábamos a tres o cuatro meses de un evento que ha conmovido, en términos políticos y personales, a centenares de miles de militantes. Pero el secretario del PCI no considera obligado mencionarlo. Se consuma, así, la primera fractura importante en aquel proceso de formación del grupo dirigente que, tras la reafirmación de Togliatti y Longo contra Secchia, a principio de los años cincuenta, iba haciendo madurar una nueva generación de cuadros (Amendola, Napolitano, Chiaramonte, Ingrao y tantos otros) que estaba tomando el puso al partido y que se vio metida en esa crisis y en lo que le siguió.

El 56 fue, pues, un año crucial no sólo en los escenarios internacionales, y no sólamente en la vida interna del PCI o de la CGIL. También lo fue en todas las relaciones de la izquierda. Es el año en que –bajo la ola del XX Congreso y de los acontecimientos húngaros-- Nenni considera definitivamente superada la experiencia frontista y pone en marcha el proceso político de autonomización socialista en el centro-izquierda.

¿Habría cambiado la historia italiana si la propuesta de Di Vittorio hubiera prevalecido? Naturalmente nadie está en condiciones de responder a esta pregunta, pero todos sabemos hasta qué punto un planteamiento diferente del PCI hubiera podido probablemente determinar otro curso de los acontecimientos, y sabemos también hasta qué punto en la postura de Di Vittorio había una importante intuición política. En su decisión influye no poco el esfuerzo con que había vivido los años de la ruptura de la unidad sindical, a lo que nunca se resignó, trabajando para que fuese lo menos traumática posible, incluso en aquellos momentos tan duros y difíciles.

Dicho esto, no obstante, estoy convencido que el 56 produjo –andando el tiempo-- frutos positivos ya que aquella herida no cicatrizada ha constituido una especie de permanente solicitud a la duda, a revisitar el asunto y a la investigación. No fue solamente un escenario internacional cambiado y una maduración del valor de la democracia y la relación entre democracia e igualdad las que llevaron a Longo en el 68 a tomar una decisión diferente con ocasión de la crisis checoeslovaca: es también la lección trágica del 56, la consciencia de no poder reproducir aquel error y la necesidad, incluso no explicitada, de aprehender el 68 para situar al PCI en una frontera distinta a la del 56. Es también una cuestión de formas, no sólo de contenidos, lo que me lleva a decir esto. Longo actúa de tal manera que el juicio crítico y de condena del que hizo el PCI se expresara lo más rápidamente posible, incluso en pocos días (dos días, cuarenta y ocho horas): es la famosa resolución de la dirección del partido del 23 de agosto del 68. La memoria de la historia reciente pone la necesidad de no reproducir el sufrimiento que tuvimos en el 56 y determinar rápidamente un juicio inequívoco que constituya una bifurcación y un punto de referencia para los militantes, para todo el partido, para la opinión pública y la sociedad.

A partir del 68, el PCI toma el camino de la autonomía política y de su autonomía internacional; del 68 parte el camino que, poco a poco, interviene ante cada situación acentuando cada vez más su juicio crítico sobre los regímenes comunistas, el distanciamiento y, más aún, la definición de un perfil cultural y político autónomo. Así pues, se puede decir con razón que la tragedia del 56 ha creado –aunque de modo tardío-- la consciencia de la necesidad de asumir los temas de los derechos, la democracia, la libertad como cuestiones centrales y fundamentales que no pueden, de ninguna de las maneras, subordinarse y someterse a otros valores y otros objetivos.

Cierto, también en el largo camino que del 68 al 89 caracteriza la autonomía política del PCI hay un elemento de distinción que la historia se encargará de desvelar y resolver con la caída del muro de Berlín: les la apuesta sobre la reformabilidad del comunismo. Se trataba de una gran esperanza que posteriormente se reveló como algo ilusorio, esto es, que el juicio crítico tuviera una capacidad mayéutica, que estuviese a la altura de crear una reforma sin ruptura. Hubo un momento, antes de la caída del muro de Berlín, cuando el PCI y Berlinguer manifestaron que el camino de la reformabilidad ya no tenía esperanza. Fue cuando Berlinguer pronunció la famosa frase sobre el agotamiento del impulso propulsivo. Sin embargo, posteriormente vuelve la esperanza con Gorvachov: el último intento de concretar la reforma del comunismo.

Pero Gorvachov vivió cada día la paradoja de tener que desmantelar un poder del que él mismo era la máxima expresión y la contradicción se demostró efectivamente irresoluble e incurable. No obstante, la experiencia gorvachoviana alimentó nuevamente la esperanza, y será sólo la caída del muro de Berlín –con todo lo que acarreó-- la demostración que también una fuerte crítica al comunismo era realmente insuficiente para comprender las contradicciones de fondo que habían minado y minaban estructuralmente aquel sistema y aquel modelo político. Pero sobre esto, naturalmente, habrá otras ocasiones para discutirlo. Lo que importa ahora es el recuerdo de Di Vittorio y el papel que desarrolló en 1956, su anticipada enseñanza que para nosotros es, hoy, consciencia adquirida. No hay razón política, cultural, ética y nacional –ni mucho menos: razón de partido-- que pueda llevar a legitimar la negación u opresión de los derechos y las libertades.

Thursday, April 05, 2007

6. PIERO BONI SOBRE DI VITTORIO

También en esta ocasión confirmo que Di Vittorio no formuló observaciones al contenido del comunicado sobre los hechos de Hungría, que le presentamos los socialistas Lizzadri, secretario confederal y el vicesecretario Brodolini (redactor del texto) y quien os habla.

El detalle, históricamente significativo, me ha venido a la mente, siguiendo el debate porque me parece relevante que hasta ahora no se ha subrayado suficientemente lo que, en mi opinión, puede aparecer como una contradicción histórica entre la importancia y el valor del documento y los intentos que hubo para impugnar su validez.

Como ya se ha puesto de manifiesto, la formulación del documento no fue ciertamente ocasional. Se estaba desarrollando la discusión sobre las valoraciones del XX Congreso del PCUS y ya se había publicado la entrevista cauta y defensiva de Togliatti en la revista “Nuovi Argomenti”. El socialista Pietro Nenni y sus ensayos sobre “Luci ed ombre del congreso di Mosca” iba más allá de la tesis de que se trataba de errores superables, poniendo el interrogante de si las desviaciones no afectaban al. Y, finalmente, en julio pasaron los acontecimientos de Polonia, los “hechos de Poznan” y los comentarios, relativamente críticos de Di Vittorio y Santi.

Los acontecimientos húngaros se situaban, por lo tanto, en un momento ya predispuesto a unas valoraciones indispensables, incluso desde el sindicalismo, especialmente desde una organización con la fuerza y la tradición de la CGIL.

A mi juicio, lo que determinó la ruptura vertical con el PCI fue la valoración del comunicado confederal, según el cual –con mayor claridad que los ensayos de Nenni-- se sostenía la tesis sobre la imposibilidad de construir el socialismo con las bayonetas de un ejército extranjero. De ahí que las desviaciones no fueran errores remediables sino graves degeneraciones que ponían en entredicho el sistema. Fue esta valoración la que hizo estallar, creo, la violenta reacción de Togliatti y de todo el partido.

De hecho, ante una perspectiva de este género faltaba toda certeza y confianza en el futuro porque resultaban fundadas las dudas sobre la legitimidad institucional misma de aquella sociedad y las reales posibilidades de un posterior desarrollo en un progreso ordenado. Como ya se ha observado, con los hechos de Hungría se inicia el declive soviético. Esto fue, a mi entender, la verdadera característica del encontronazo entre la CGIL y el PCI. Así las cosas, el gran valor de la acción de Di Vittorio fue no aflojar y resistir el ataque o ceder lo menos posible. Di Vittorio personalmente no tuvo ninguna incerteza. Estaba tranquilo. Lo veía casi sereno en aquellos días. El problema era si la CGIL estaba en condiciones de aguantar la reacción del partido y contener en su interior las perplejidades de sus cuadros que, como ya se ha mencionado, sentían y sufrían las presiones del partido.

Esto no pasaba con los socialistas que, siendo minoría, no podían prevalecer sobre las mayorías locales comunistas. Baste recordar que en Milán no se aprobó la moción de Di Vittorio sino una de compromiso. Que en Bologna se votó contra Di Vittorio, y quedó incluso en minoría en su Cerignola. Así pues, la mayoría de los cuadros no era favorable a la posición de la CGIL y esto pasaba tanto por la presión del partido como por una reacción natural muy generalizada en aquella época. La base de entonces de la CGIL y muy especialmente sus dirigentes eran cuadros de la Resistencia, gentes que habían mirado a la Unión Soviética en momentos difíciles. Eran partisanos que habrían muerto gritando “Viva Stalin”. Así pues, no podían recibir un golpe de esta naturaleza y escuchar: “Tened cuidado que esta perspectiva, esta fe en el futuro está cayendo. Debemos caminar solos con nuestras propias fuerzas, con una autoridad y capacidad”. Naturalmente no fue fácil; no fue fácil en los primeros tiempos.

Y no es verdad que Di Vittorio se hiciera una autocrítica pública. En su discurso de Livorno intentó atenuar la posición de la CGIL, pero permaneció firme a su posición; y seis meses más tarde consiguió que la CGIL hiciera otro planteamiento. Que, en mi opinión, por su desarrollo y consecuencias fue igualmente tan importante y significativa como la de Hungría. Fue la decisión del 17 de junio de 1958 cuando, en desacuerdo otra vez con la dirección del partido comunista, la CGIL toma el acuerdo de no obstaculizar y aprobar la postura del gobierno italiano de la adhesión al Mercado Común Europeo.

De esta manera, más tarde, estuvimos en condiciones –en el plano europeo-- de desarrollar una acción de cierta eficacia incluso si la resistencia a la aplicación de los hechos de Hungría permaneció en nuestro interior. De hecho, también en el 56 inicia el giro con relación a la Federación Sindical Mundial que concluirá en 1974, catorce años más tarde. Ni siquiera Novella consiguió imponer la salida de la FSM. Lo que indica las dificultades que teníamos para actuar sobre estos asuntos. Pero el camino estaba ya señalado y se avanzó en aquella dirección, aunque no fuera con las cadencias que reclamaban los tiempos.

Concluyendo: tan sólo quiero reafirmar que Di Vittorio se vengó elegantemente de aquellos ataques que sufrió en esos meses. También yo lo quiero recordar porque se me quedó grabado y fue un gran discurso el que hizo en el congreso del partido sobre la autonomía del sindicato y la concepción de un sindicato autónomo, democrático e independiente. Habló con una energía, con un esfuerzo como nunca le había visto. Y creo que esta línea, esta perspectiva sindical –del que el 56 fue un importante y significativo episodio—son los fundamentos sobre los que ha avanzado la Cgil: con éxitos y también derrotas hasta este Centenario.

Monday, April 02, 2007

7. ANTONIO CAIROTI SOBRE DI VITTORIO


Antonio Carioti[1]

Estoy muy contento de que nos encontremos hoy discutiendo la posición de Di Vittorio y de la CGIL sobre la insurrección de Budapest. En realidad se trata de un acontecimiento que se intentó redimensionar durante mucho tiempo con la embarazosa intención de poner sordina a un choque político dentro del PCI que, en aquellos tiempos, fue muy duro.

En el libro de Adriano Guerra y Bruno Trentin, publicado hace diez años, se habla de la importancia de haber roto el tabú y finalmente de abordar la cuestión de un modo profundo. Me parece muy importante que quienes estén discutiendo sobre aquello ahora sean los dirigentes más importantes de los DS y de la CGIL: es un paso adelante. Sólo me disgusta que, en nuestro seminario, se continúe usando la expresión impropia y un tanto hipócrita de “los hechos de Hungría” para designar lo que realmente fue la única gran revolución popular y obrera que se desarrolló en Europa en la segunda mitad del siglo XX.

A mi juicio, la postura favorable a los insurgentes húngaros por parte de Di Vittorio, en Octubre de 1956, es la demostración más evidente –no la única- de que el líder de la Cgil, a pesar de su larga militancia comunista, era sustancialmente extraño al núcleo duro de la doctrina política de Lenin: la idea de que los trabajadores no tienen una consciencia completa de su papel histórico y se espera, por ello, que haya una vanguardia ilustrada y consciente, representada por el partido revolucionario, para conducirles –incluso de manera coercitiva-- hacia el socialismo. En ese teorema, que posteriormente es el origen de tantos desastres producidos por el comunismo de matriz soviética, no creía el sindicalista de Cerignola, aunque se dijera que demasiadas veces rindiera formalmente homenaje al leninismo. Para Di Vittorio era impensable que el partido pudiese tener razón contra la clase obrera. Aquí está la raíz del choque que le separó claramente de Palmiro Togliatti: primero con la revuelta de Poznan, después con la revolución húngara de 1956.

Por otra parte, el desacuerdo entre los dos dirigentes más importantes del movimiento obrero italiano se había manifestado bajo manga (pero de manera lo suficientemente clara si se lee entre líneas) en el intercambio epistolar de cuatro años que tuvo lugar cuatro años antes, en 1952, todavía en vida de Stalin, con ocasión del sesenta cumpleaños de Di Vittorio. En aquella ocasión, Togliatti le escribió una carta de felicitación en la que reclamaba la primacía del partido, definido como “la guía que no se equivoca y nunca desfallece”. El líder de la Cgil respondió que había aprendido en el partido que el bien supremo estaba en la unidad del proletariado, salvaguardada mediante “la autonomía y la independencia de los sindicatos, en la que todos los trabajadores –de cualquier opinión política y fe religiosa-- pudieran participar con absoluta igualdad de derechos y deberes”.

Por una parte, encontramos en Togliatti la concepción estrechamente leninista que sitúa al partido por encima de todo, como una especie de “cuerpo místico” de la clase obrera, investido por la misión de dictar la línea a los trabajadores de carne y hueso. Y, por otra, en Di Vittorio hay una visión del partido como instrumento para alcanzar el objetivo de asegurar la libertad y el bienestar a la masa de asalariados en un proceso de continuo avance, destinado a proseguir en términos conflictivos, incluso tras haber superado el capitalismo.

No es causalidad que el líder de Cerignola hubiera militado, siendo joven, en las filas del sindicalismo revolucionario, indiferente a los vínculos partidarios: no fue una experiencia pasajera, ya que le dejó una impronta profunda en su formación. Di Vittorio sostuvo muchas veces, antes de 1956, que la libertad sindical y el derecho de huelga deberían permanecer incluso en un régimen socialista. Por ejemplo, Trentin –en el libro que escribió con Guerra— recuerda, como testigo directo, la resuelta batalla que Di Vittorio dio durante el congreso de la FSM, celebrado en Viena en 1953.

Sin embargo, a pesar de la distancia entre los respectivos modos de ver la política y la relación entre partido y sindicato, Di Vittorio y Togliatti estuvieron durante mucho tiempo en sintonía. No podía ser de otra manera: en aquella época, los principales dirigentes de la CGIL se decidían en Boteghe Oscure, la sede del partido. Di Vittorio no habría durado a la cabeza del mayor sindicato si el secretario del PCI no hubiera considerado que se trataba de un hombre justo en el lugar justo. Por lo demás, el brutal proceso al que el líder de Cerignola estuvo sometido en la dirección comunista el 30 de octubre de 1956, cuando se le piden cuentas por la posición que ha tomado sobre Hungría, tuvo algunos antecedentes menores. Baste leer los apuntes, depositados en el Istituto Gramsci, para constatar que, en más de una ocasión, Di Vittorio desde 1944 en adelante, era el punto de mira de los partidarios de la línea dura; eran los que reclamaban unas agitaciones obreras más combativas y echaban en cara a la CGIL un comportamiento demasiado pasivo con relación al gobierno y los empresarios. Pero, en aquella fase, la estrategia prudente de Togliatti se integraba con la línea constructiva de Di Vittorio. La misma propuesta del Piano del lavoro tuvo la preventiva vía libre del secretario comunista, aunque nunca le dio la importancia que le daba el sindicalista.

En 1956 el entendimiento entre los dos bajó lo suyo se redujo de forma ostensible. El primer desacuerdo se manifestó sobre Poznan, y después sobre Budapest se llegó al encontronazo con el asunto de Budapest. Hay que recordar que hubo dos intervenciones soviéticas en Hungría. La primera estalló automáticamente al inicio de la revuelta cuando las tropas del Ejercito Rojo, estacionadas en Hungría, entraron en acción contra los manifestantes. Más tarde se alcanzó una tregua y se abrió una fase de incertidumbre; el Kremlin estuvo, durante unos días, dudando sobre qué hacer.

En aquel momento se publicó la resolución de la CGIL, apoyando a los insurgentes y condenando sin paliativos los métodos antidemocráticos contra los que se había rebelado el pueblo magyar. Di Vittorio, en sintonía con los socialistas, empujaba hacia un cambio radical de la situación de la Europa del Este. Togliatti se mueve en dirección opuesta, declarando abiertamente –en la crucial reunión de la dirección comunista del 30 de octubre-- que, en situaciones como éstas, “o se aplasta el levantamiento o se muere aplastado”. Ese mismo día envió una carta a Moscú con un interés concreto: el secretario del PCI no sólo aprobó la segunda y resuelta intervención del Ejército Rojo en Hungría sino que lo auspició y solicitó antes que Imre Nagy, jefe del gobierno de Budapest, anunciase la salida de su país del Pacto de Varsovia. Un anuncio que, de todas maneras, vale la pena precisarlo ante los equívocos que se mantienen todavía, fue posterior a la decisión soviética de sofocar sangrientamente la revolución, o sea: no fue anterior. Sólo cuando supo que la URSS prepara las fuerzas militares para invadir Hungría, Nagy se decide a dar un paso tan dramático.

Volviendo a Togliatti: el comportamiento del secretario comunista no reflejaba sólo su historia personal, sino una estrategia política concreta, adoptada mucho tiempo atrás. Su postura favorable a la intervención era totalmente coherente con la opción que tomó a finales de 1926 cuando la famosa polémica con Antonio Gramsci sobre qué hacer ante las luchas internas en el grupo dirigente bolchevique. Togliatti estaba totalmente convencido de que las perspectivas de triunfo del movimiento obrero italiano dependían, de manera determinante, de su pertenencia al campo socialista, dirigido por la URSS. Veía en el imperio soviético la única alternativa concreta al capitalismo, la única garantía para destruir un sistema basado en la explotación, y a izquierda italiana, si no estuviera vinculada a tan gran movimiento mundial, sería más débil y caería en el oportunismo o en el aventurerismo y, de ahí, a la derrota. Así pues, Togliatti pensaba que, para el futuro del socialismo en Italia, era vital que el bloque soviético permaneciera unido y despejara con todos los medios los peligros de la disgregación.

El punto de vista que Di Vittorio había madurado era radicalmente distinto. Advertía que la pertenencia del PCI al conjunto de las fuerzas dependientes de Moscú no era una ventaja sino una trampa. ¿Cómo podían los comunistas italianos proclamarse y tener credibilidad ante las capas populares, cómo podían ser los custodios de la Constitución democrática si apoyaban a unos Estados que negaban las libertades a sus ciudadanos e, incluso, reprimían violentamente las agitaciones obreras? El líder de la CGIL, incluso sin teorizarlo abiertamente, sentía que había que aflojar el vínculo con el totalitarismo soviético. Y en 1956 actuó consecuentemente.

Estalló, pues, un conflicto muy áspero; Di Vittorio fue derrotado. Estaba aislado en el grupo comunista: Trentin ha recordado que el menos severo fue Luigi Longo y, por mi parte, añado que Enrico Berlinguer mostró una cierta comprensión ante sus razones. Pero se trata sólo de matices (sfumature) porque el conjunto del documento de la Cgil concita una unánime condena por parte de la dirección comunista. Por otra parte, nadie en la base del Pci apoyó a los insurgentes de Budapest: años y años de enseñanza estalinista produjeron frutos perversos y la machacona ofensiva de la derecha – que vio en la revuelta húngara una ocasión para poner a los comunistas de cara a la pared-- favoreció el enroque de los militantes en torno a Togliatti y al mito de la URSS.

No se puede negar, con relación al discurso de Livorno del 4 de noviembre, que Di Vittorio dio un paso atrás. Está haciendo evidentes concesiones a la línea de Togliatti cuando dice que el comunicado de la CGIL se hace para no romper con los socialistas y pone énfasis en la presencia de fuerzas reaccionarias entre los insurgentes de Budapest. Sin embargo, su postura fue digna y mantuvo las razones de la crítica contra la deriva burocrática y liberticida de los regímenes de tipo soviético.

Un gran historiador, ex comunista de origen húngaro, François Fetjö, definió la insurrección de Budapest como “una revolución vencida pero fecunda”. Efectivamente, 1956 dejó la huella, y el régimen que siguió a la invasión fue menos opresivo de todos los de la Europa del Este. Y fue el primera (junto al polaco, pero Solidarnösc no estaba en Hungría) a orientarse en una dirección democrática en 1989 bajo la misma dirección magyar. Baste recordar que la crisis en la Alemania oriental, que provocó la caída del Muro de Berlín, se originó cuando los ciudadanos de aquel país afluían masivamente hacia Occidente con los famosos automóviles Trabant, pasando por una Hungría que había abierto las fronteras.

Bien, creo que también por la posición de Di Vittorio en 1956 se puede hablar de “derrota fecunda”, en el sentido de que, como ha dicho Piero Fassino, inyectó en el partido los gérmenes de la duda y del repensamiento que, lentamente, llevaron a la maduración. Por lo demás, el dirigente de la CGIL empleó su último año de vida en la misma dirección que le llevó a apoyar la revolución húngara. Piero Boni ha recordado justamente las posiciones de apertura sobre el Mercado Común Europeo, creado en 1957.

Quiero recordar un episodio menor aunque significativo. Di Vittorio interviene por última vez en la dirección del partido el día 29 de octubre de 1957, es decir, pocos días antes de su muerte, el 3 de noviembre, en Lecco. En ciertos aspectos es paradójica y, sin lugar a dudas, indicativa del ritualismo entonces en boga. Di Vittorio informa del reciente Congreso de la FSM, celebrado en Leizpig. Explica, por una parte, que no se han dramatizado los desacuerdos con los compañeros franceses y del Este europeo y que se puede superar con el debido espíritu unitario; y, por la otra, propina una auténtica filípica contra las fuerzas dominantes en la FSM, su dogmatismo e incapacidad para entender los cambios económicos y sociales y su obstinada cerrazón hacia los sindicatos de matriz reformista y socialdemócrata. Parece decir, entre líneas, que el futuro de la CGIL está en otro sitio. Que no es entre las cariátides de la CGT francesa y del sindicalismo de estado. En suma, está poniendo las premisas de abandonar la FSM que se hará muchos años después de su muerte.

Togliatti venció en 1956, pero representaba el pasado. Di Vittorio perdió, pero representaba el futuro. Y ya es una coincidencia que, en los mismos días del vigésimo aniversario de la muerte del sindicalista, en noviembre de 1977, Berlinguer fuera a Moscú para el sesenta aniversario de la revolución bolchevique. Berlinguer definió allí la democracia como “el valor, históricamente universal donde fundar una original sociedad socialista”, provocando un gran escándalo entre los oligarcas del Kremlin. En el fondo se trataba del mismo concepto que expresara Di Vittorio en 1956 cuando dijo que “la acción de los comunistas, en todos los países, debía ir acompañada del libre acuerdo y colaboración directa y creadora de las masas”. Pero, en 1977, el PCI estaba todavía lejos de reconocer el carácter democrático de la revolución húngara, y su secretario seguía aún en el retraso de una cansada e insostenible defensa del leninismo, dejando el flanco al descubierto en su polémica con Bettino Craxi. Pero con aquel discurso en Moscú, aunque fuera implícitamente, Berlinguer admitió que Di Vittorio tuvo razón y no Togliatti.



[1] Antonio Carioti es periodista







Antonio Carioti es periodista

Sunday, April 01, 2007

8. LUCIANA CASTELLINA

Como periodista que soy, aquella situación la viví en una revista un poco particular: el semanario de la Federación de la Juventud Comunista (FGCI), “Nuova generazione”. Entonces publicamos los reportajes de las primeras manifestaciones estudiantiles y obreras en Polonia que criticaban el régimen. Algunos ejemplares de ese número fueron destrozados por ciertas organizaciones de la FGCI (en Rovigo y otros lugares) porque nos habíamos hecho eco de las protestas. Lo recuerdo para señalar que entonces teníamos aquella “atmósfera”: no se toleraba una denuncia de este u otro aspecto de las sociedades socialistas. La situación del “Manifesto”, mucho después, era clara: fuimos expulsados del PCI porque habíamos exigido, sin éxito, que se abriese el camino de un análisis serio del socialismo llamado real.

Di Vittorio fue un gran personaje, y también esta situación indica su orientación más general sobre la relación del partido con el sindicato, con los movimientos y el resto de la sociedad: en eso Trentin tiene razón al ponerlo de manifiesto. Es justo, pues, recordar esta cuestión a propósito del Mercado Común, respecto al cual Di Vittorio reafirmó la autonomía del sindicato.

En esta ocasión –las revueltas polacas primero y posteriormente las húngaras-- Di Vittorio muestra un rasgo propio, específico: la sensibilidad, el olfato de clase (“allí son los obreros los que protestan”), antes que la inteligencia política. Este rasgo lo conservó durante toda su vida. La CGIL que construyó conserva, afortunadamente, este elemento en su ADN.

Creo que, no obstante, existen demasiadas especulaciones recientes en torno a los acontecimientos húngaros e, incluso, algunas simplificaciones. Quiero, por ello, recordar brevemente los hechos porque se corre el riesgo de oscurecerlos. Los hechos húngaros fueron precedidos por los polacos, por la revuelta de Poznan. Y ya en aquella ocasión Di Vittorio asume una posición muy crítica en sus choques con las autoridades polacas diciendo, entre otras cosas, que era necesario calcular los límites de los sacrificios que podían exigirse a los trabajadores, comprender si son soportables.

Más tarde vinieron los hechos de Hungría, articulados como sabemos en dos fases. Después de la primera se encuentra la declaración de la CGIL que condena el régimen y a continuación se celebra la reunión de la dirección del Partido comunista italiano el 30 de Octubre.

Allí se critica a Di Vittorio de una manera inaceptable: leyendo las actas se puede ver que Luigi Longo lo hace de un modo diferente. También en esto tiene razón Trentin cuando dice que sería conveniente hacer un seminario sobre Longo, un personaje que tal vez ha sido infravalorado incluso en la memoria del PCI.

No se puede decir que no existiera preocupación en el partido ante el dramatismo de lo que está sucediendo en Budapest; tanto es así que, tras finalizar la reunión de la Direzzione, se emite un comunicado hablando de la gravedad de los hechos hasta tal punto que se entienden las dudas y desorientaciones de muchos compañeros.

Di Vittorio no acepta la crítica a la posición de la CGIL. Pero creo que es justo decir que comparte, sin embargo, muchos de los juicios que ha expresado el partido durante los días posteriores sobre el rumbo que está tomando la revuelta. Él no lleva hasta el final su batalla dentro del partido, ni lo abandona. Yo no creo que Di Vittorio hiciera esto por disciplina de partida, cansancio u oportunismo. No era un hombre de esta naturaleza. Creo que estaba convencido, en los días posteriores, que entre la situación polaca y la húngara había diferencias, que no eran dos hechos iguales, no sólo porque en Polonia es el mismo Partido comunista quien acoge la solicitud de Poznan de una auto refundación profunda y los tribunales no condenan a los obreros que han participado en la revuelta. Y el reclamo de Gomulka que impone a la URSS la solución que sabemos, obligándola a reconocer una amplia autonomía de las instituciones polacas, completa el cuadro.

Muy diferente es la situación húngara, y por mil razones distintas, internas y externas, algunas de ellas las ha explicado Pepe y no insisto. En Hungría no existe sólo una revuelta obrera. Aquí, a diferencia de Polonia, se ponen en entredicho los muy precarios equilibrios internacionales que existen en ese momento, cuando la guerra fría podía convertirse incluso en guerra caliente. Y ya que todos nuestros recuerdos son siempre muy pasionales –y porque hemos estado implicados en todo aquello-- a veces es aconsejable recurrir a los historiadores americanos, más fríos y alejados. Es un libro de Fleming sobre la guerra fría (se trata del análisis más completo de la época) que narra qué ocurrió verdaderamente en Hungría y nos dice que no sólo hubo una revuelta. Cierto, hubo una importantísima revuelta obrera, pero hubieron otras cosas. La misma posición soviética es extremadamente contradictoria. No es como en Praga. Incertidumbre, incluso confusión. En 1953 es la URSS la que hace que Nagy sea el primer ministro, pero en el 56 lo retira (es claro que todo lo hacían ellos, los soviéticos) y coloca a Rákosi. En los mismos días de la revuelta hay un comunicado de Moscú que es aprobado por los pelos en el Politburó, gracias a Kruschef (con el resto en contra) y es una apertura al compromiso, al diálogo. Pero la posición no encuentra un interlocutor por parte de los insurgentes, al asumir Nagy de repente una línea extremista, declarando que Hungría debe salir del Pacto de Varsovia. ¿Os imagináis una huelga insurreccional en Italia con un primer ministro que dice: “Salimos de la OTAN”? Se armaría la de Dios es Cristo.

En Budapest se juega una partida muy importante, llena de implicaciones internacionales. La situación es tan peligrosa que China y Yugoslavia exigen a los soviéticos que intervengan. El mismo Nenni –éste es un testimonio de gran valor-- dice: “Estoy muy preocupado y espero que los soviéticos pongan orden”. “Cierto --aclara Nenni-- no con la intervención armada, sin disparar”.

El 30, día de la reunión de la dirección del Pci, se produce la intervención militar franco-británica de apoyo a Israel contra Egipto. El ataque a Suez es a las dos y medio de la madrugada. Recuerdo perfectamente aquello: todos pensábamos que estábamos a las puertas de otra guerra mundial. La intervención de Inglaterra, Israel y Francia es un ataque contra el primer país del tercer mundo que está a la búsqueda de su autonomía. Es en esa situación donde hay que situar lo que estamos comentando: la situación húngara. No sólo porque en aquel momento todavía era defendible el campo socialista: aparecía ante nosotros como el paladín del Tercer Mundo que se estaba liberando; era la garantía de los “no alineados”, una orientación recién nacida en Bandung. Y también estaba el XX Congreso y la liberalización que había traído Kruschef, el salto tecnolóogico, el Sputnik y demás... Quiero decir: a la URSS, al campo socialista todavía le era conferido un rol positivo, insustituible. Esta es la diferencia con la intervención en Praga, que sucede cuando –para decirlo con palabras de Berlinguer-- la Revolución de octubre ha perdido su efecto propulsivo y nos encontramos ante la glaciación de Breznef.

Por todas estas razones --y en primer lugar porque se ha puesto en discusión y en peligro el campo socialista-- es preciso entender hasta qué punto todo aquello debió preocupar a Di Vittorio. En su posición está el sacrosanto reconocimiento de la matriz obrera de la revuelta; y, paralelamente, su preocupación por el cuadro global en el que se desarrollan los acontecimientos de Budapest. Es por ello –y no por cansancio o chata disciplina-- que no procede hasta el final en la polémica. Defender el campo socialista tenía todavía un valor; Fassino lo ha dicho también. La gente no lo habría entendido, no sólo el partido, sino la gente en general si no lo hubiera defendido. Y añado: hubiéramos hecho mal si no hubiéramos sido conscientes.

Praga es otro contexto. El socialismo soviético se ha podrido: los protagonistas de la revuelta son el Partido comunista checoslovaco y Dubcêk: se trata de otra cosa. Por eso creo que en el 68, de modo diferente del 56, habría sido necesario no limitarse a condenar la intervención soviética como “un error”, como lo hizo el PCI. Sino abrir finalmente el capítulo del análisis, de la denuncia, de la separación. Se hizo diez años más tarde, cuando el PCI reconoció que la URSS no era reformable.

Pero, lo digo con gran amargura, el tiempo cuenta mucho. Creo que en el 68, en el momento de Praga –esto fue el núcleo de las cuestiones que pusimos como “Manifesto” y fuimos expulsados-- la denuncia del socialismo real habría caído en un momento de gran potencia de la izquierda en el mundo, cuando las relaciones de fuerza nos eran extremadamente favorables; ahí estuvieron las grandes victorias de los movimientos de liberación nacional, cuando en Italia –nunca como en aquellos años, 68 – 70-- el movimiento obrero había conquistado importantísimos derechos. Una crítica al modelo soviético habría tenido un significado muy diferente al de la crítica hecha en el momento de la derrota, del declive en los años ochenta, cuando la crítica asumió un valor diverso: fue entendida no como una crítica a la URSS sino al comunismo, a la izquierda, a la historia, al movimiento obrero, a tantas otras cosas sobre las que posterior se ha pasado por encima.

Di Vittorio es una figura compleja: en ello estaba su grandeza. Todo esto le era clarísimo. Tenía el coraje de la ruptura y la claridad de la complejidad de la situación. En este sentido verdaderamente si no era un balilla ni un capopopolo, bien podemos decir que fue un gran comunista. La amargura por su desaparición tan precoz y por todo lo que habría podido dar al partido y al movimiento obrero, es todavía importante.


Monday, March 26, 2007

9. GUGLIELMO EPIFANI

Voy a limitarme a unas cuantas observaciones y a tomar el compromiso de continuar trabajando, durante los próximos meses, sobre la relación entre el presente, el futuro y la memoria. Este seminario ha sido verdaderamente una ocasión para rendir homenaje a un momento importante de la vida de la CGIL y de reinterpretación de una fase dramática de la vida europea. Agradezco a todos los que han aceptado nuestra invitación para intervenir y, en particular, a quienes vivieron directamente la tragedia de aquellos días; y recordándola hoy nos han traído incluso la dramática frescura de aquellos acontecimientos. Cuando se vive una historia como protagonistas o cercano a ellos, se tiene una fuerza que ningún estudioso, ningún hombre político, ningún dirigente sindical, está en condiciones de proponer.

Creo que hemos hecho bien al titular nuestro seminario “Giuseppe Di Vittorio y los hechos de Hungría”: de esa manera es también un homenaje a Giuseppe Di Vittorio. He tenido la ocasión de decirlo en el Centenario de la CGIL en Milán, hablando de su testimonio en octubre de 1956, y de subrayar que ese testimonio constituye, en mi opinión, lo más fundamental de Di Vittorio. No se trata de un homenaje abstracto a la grandeza de un dirigente, sino de algo más y de algo diferente. El nuestro es el reconocimiento de que la CGIL de hoy es como es, también y sobre todo gracias a aquel planteamiento. Recordando la decisión que tomó Di Vittorio, estamos hablando de hoy, de nuestro presente, de lo que somos. Y de que es gracias a aquella posición que la CGIL, en el curso de los decenios que siguieron se ha construido tal como la conoce el país.

Volviendo a pensar en las cosas que han dicho nuestros invitados, no es por casualidad que se mantiene el hilo ininterrumpido de Di Vittorio, reconstructor de la CGIL. Ya con la Asamblea Constituyente empieza a marcar el trazado de los valores, de las referencias incluso constitucionales que estarán en los cimientos de la CGIL unitaria y, posteriormente, en la de hoy.

Del mismo modo, en la idea del Piano del lavoro se encuentra lo que después ha sido: una gran organización de trabajadores con la capacidad de pensar en un gran e importante proyecto para el país. Cuando nosotros, en el XV Congreso, el último, lanzamos hace poco la consigna de “reproyectar el país”, no hicimos nada nuevo, porque esa indicación es en el fondo la traducción actual de la idea de Di Vittorio. Que ha continuado siendo válida.

No hay duda de que, en sólo dos años y medio (de 1955 a 1957, que son los últimos de Di Vittorio) se ponen los fundamentos de las opciones esenciales de la CGIL: la autocrítica sobre la Fiat y el significado del giro para volver a estar de nuevo junto a los trabajadores; a no limitarse a buscar las responsabilidades de los otros; y a preguntarnos por nuestras propias responsabilidades.

Días pasados dije una frase simple y obvia: debemos hacer todavía algo más contra el esclavismo que sigue en el Sur del país y en otras zonas. Pues bien, los compañeros de Foggia me llamaron y, un poco resentidos, me dijeron: “Pero, ¿por qué nos dices esas cosas a nosotros que somos los únicos que estamos haciendo oposición y dando la pelea contra esos fenómenos criminales? Precisamente para intimidarnos nos han quemado la sede del sindicato de Cerignola?.” Yo les respondí exactamente igual que lo hizo Di Vittorio cuando lo de Fiat: “Tenéis razón. La responsabilidad es de los otros. Pero si hay cosas que debemos y podemos hacer mejor, tenemos el deber de preguntarnos autocríticamente y dar las respuestas necesarias”. Así pues, hoy exactamente como dijo Di Vittorio en 1955: “sí, la culpa será de la Fiat, de los patronos, de la CSIL y la UIL, de todas las fuerzas que van contra nosotros; pero a pesar de ello, puede haber algo que sea de nuestra responsabilidad y debemos interrogarnos también sobre lo que se refiere a nosotros, a nuestras decisiones”.

Tengo poco que añadir sobre Hungría y la posición de Di Vittorio después de todo lo que se ha dicho. Escuchando la intervención de Luciana Castellina, cuanto más recordaba ella la complejidad de aquella fase histórica y el contexto político de entonces, la dureza de aquellos tiempos, la radicalidad de la pertenencia, el mito de la Unión Soviética, tanto más me entraban ganas de decir: “Qué grande fue ese hombre”. Porque en aquellas condiciones tan difíciles, nacionales e internacionales, tanto en relación con el cuadro general como a la situación específica, con toda la complejidad que hemos recordado... en cuestión de veinticuatro horas, rodeados de socialistas, toma una posición, la asume y la sostiene. Lo que da verdaderamente la dimensión del tipo de dirigente que fue, de su extraordinaria fuerza y de su coherencia. Y la de 1958 sobre Europa, tal como ha recordado Piero Boni.

Bueno, estas no son opciones de poco peso o de relieve contingente. No lo son porque de allí surge de nuevo toda nuestra perspectiva: por ejemplo, arranca la relación entre libertad, democracia y condiciones de los trabajadores. También nace la opción sobre Europa que, aunque con algunos años de retraso, nos convertirá en uno de los mayores y autorizados sindicatos europeos. No seríamos lo que somos si hubiéramos hecho otra cosa. De ahí que se recuerde con frecuencia la diferencia entre la CGIL y otras experiencias. Y se cita, como ejemplo negativo, la CGT francesa que siempre llega la última, a pesar de haber sido un sindicato de una historia extraordinaria y, todavía hoy, de extraordinaria importancia. Pero si nuestra historia es distinta de aquella es también porque hombres como Di Vittorio nos hacen ser diferentes.

Naturalmente, con relación a ello, reafirmamos que todo esto ha sido posible porque siempre hemos mantenido una idea de confederalidad, ligada a la solidaridad y a la subjetividad política que la Cgil ha manifestado y defendido. Con esto no quiero decir que la CGIL haya colocado en todas las situaciones sus propias soluciones, pero no hay duda que siempre ha peleado para sostenerlas como fuerza social de representación de los intereses del trabajo.

¿Por qué es particularmente importante esta toma de posición, relacionada con los hechos de 1956 y la tragedia de Hungría? Lo es porque allí se mide por entero la concepción que la CGIL tuvo sobre el valor de la libertad y la democracia, tanto más cuando este valor se expresaba a través de una reivindicación de democracia y libertad de la clase obrera y los trabajadores, como fue lo de Hungría en 1956.

Hace dos días estaba en Génova para recordar la huelga general del año 1900. Como conclusión de aquella huelga y para festejar la victoria los trabajadores se reunieron en el teatro municipal. Quien pronunció el discurso dijo: “En el fondo os habéis batido por la libertad, porque la libertad es el pan, y vuestro pan es la libertad”. Exacto. Efectivamente en estas palabras está la idea de la relación existente entre el valor de la democracia, el de la libertad y el de la condición de los explotados, de los subordinados, de los últimos y en las diversas iniciativas que ellos saben asumir para defenderlos.

No hay duda: la reflexión de hoy nos lleva también a la relación entre este valor de la democracia y la libertad y el mundo con el cual la CGIL ha preservado dentro de sí y para sí: el valor de la libertad del debate interno como salvaguarda de la riqueza de su propio pluralismo. Un valor que está codificado de muchas formas en la constitución de la CGIL unitaria y que, acabada la experiencia unitaria, se reencuentra a través del tiempo en la organización del debate interno en la confederación mediante las corrientes políticas. No hay duda que esto ha influido positiva y profundamente en la historia de la CGIL ya que sus corrientes políticas –que se orientaban en planteamientos frecuentemente distintos-- han sido un valor “in se”, porque empujaban a unos (fuera cual fuese su opinión) a tener en cuenta la opinión de los otros. Cuando se tenía razón o, en caso contrario, se sabía que –con respecto a ello-- dentro de la organización había otro punto de vista e, incluso, se sabía que existía otra opinión que no coincidía con las otras corrientes.

En los hechos de 1956 se observa como esta influencia actuó positivamente, así como se ve todavía en los primeros años de los Sesenta con relación a las cuestiones de la programación, el primer gobierno del centro-izquierda y, posteriormente, sobre el Estatuto de los trabajadores en 1970. Todos ellos momentos de gran importancia. En todos ellos esta dialéctica de la confederación, su pluralismo interno, representó un gran factor de dinamismo. Yo creo, de verdad, que aquí está una de las claves esenciales que explican la CGIL de hoy y el trayecto que hemos sabido recorrer. Una organización que no hubiese tenido nuestra historia ¿habría soportado la división de San Valentino de la misma manera que nosotros fuimos capaces de hacerlo, manteniendo nuestra unidad? ¿o, por el contrario, la habría arruinado?

Y ¿cómo –a pesar de tantas heridas, composiciones y descomposiciones de la izquierda política italiana, respecto a todos estos episodios, frecuentemente duros-- la CGIL siempre ha permanecido como un recinto abierto donde dialogan, discuten y se encuentran las posiciones políticas más diferenciadas, incluidas la que se está ampliando enormemente, esto es, las compañeras y compañeros que ya no tienen ningún carné de partido, como ya pasa incluso en el grupo dirigente? ¿Y cómo habría sido esto posible si no tuviésemos a las espaldas aquella educación de respeto a los demás? ¿Habríamos podido llegar en 1991 a la superación de las corrientes de partido, a la idea de una Cgil basada en su programa, su pertenencia ligada a reglas de democracia interna parea salvaguardar la eficacia de la acción una vez tomadas las decisiones?

Eso es lo que hay que hacer en un sindicato: garantizar el respeto y la valoración de quien tiene otras opiniones. Con relación a ello, no son muchos los sindicatos en Europa que tienen una modalidad tan democrática de discusión en su interior. Porque prevalece otra lógica: quien tiene el 51 por ciento decide por todos de manera permanente. También, respecto a ello, una discusión como la nuestra nos permite verdaderamente reorientar un camino testarudamente recorrido y su clara fisonomía no menos testarudamente querida y reafirmada.

Todo esto lo digo para subrayar que, cuando hablamos de estas fases, de estos procesos, de estas personalidades y de esta historia, estamos realmente hablando de nosotros mismos. De lo que somos hoy, y de como esta historia nos debe ayudar a encarar los problemas y responsabilidades que tenemos ante nosotros. Todo esto ha sido nuestro seminario “Giuseppe di Vittorio e i fatti, la tragedia de Ungria”. Y así queda esta página extraordinaria.

Y, al igual que lo dicho me confirma la grandeza del hombre, de Giuseppe Di Vittorio y de aquella clase dirigente de la CGIL de entonces, yo pienso, de verdad –y en esto hago mías las palabras de Piero Fassino-- que debemos inclinarnos ante la grandeza de la clase obrera húngara que, en aquella situación tan difícil y dramática, partiendo de sus propias experiencias, supo expresar una exigencia de liberación tan potente y grande. Tanto más grande porque la escena internacional era de gran complejidad, como por otra parte lo es hoy con respecto a las cosas que llamamos globalización, guerra, guerra preventiva.

También por lo que se refiere a nuestros días, aquella enseñanza nos dice que frecuentemente –en las condiciones más difíciles—estos movimientos, estas rupturas, estas exigencias insuprimibles de libertad y liberación pueden cambiar o condicionar el curso de la historia. E, por esto, en el fondo es exactamente el motivo por el que creo que un gran sindicato, como lo es la CGIL, debe estar siempre a la altura de su historia.